La envidia es el único pecado que, por más que se practique con devoción casi monástica, no rinde dividendos. Ni emociona. Apenas estorba, como un mueble feo heredado por compromiso.
Es ese pecado capital que ni para pecado sirve. Uno la mira y no provoca ni cometerla. Es como un aguacate duro: promete, pero no entrega. Es un desperdicio total, como hacer cola para un trámite inútil. La envidia no produce beneficio alguno: ni placer culposo, ni desahogo, ni una anécdota digna de contarse con un café. Nada. Es el único pecado que no deja ...